El beso en el Hotel de Ville
Esta obra parte de una de las fotografías más reproducidas del siglo XX, originalmente cuadrada y rescatada en 1986 por un editor para una campaña publicitaria que la popularizó en formato apaisado. Como ícono instalado en el subconsciente colectivo, la imagen funcionaba como un objeto visual aparentemente consolidado, fijo en la memoria cultural. Someterla al proceso de la Mirada Creadora reveló algo inesperado: la imagen no era tan estable como se suponía.
Al aplicar los principios de deconstrucción y reconstrucción perceptiva, parte de los elementos que componen la escena mutaron radicalmente. El automóvil y los personajes de la derecha, especialmente el hombre del extremo, se transformaron en figuras casi futuristas, con siluetas geométricas y volúmenes que sugieren una estética de ciencia ficción. Sin embargo, el sentido general de la obra —el beso como gesto central— permaneció intacto, reconocible, anclando la composición en su origen emocional.
Esta mutación selectiva demuestra que los íconos culturales no son monumentos estáticos, sino estructuras visuales vivas que contienen múltiples realidades latentes. Al desmontar la imagen, no se destruye su significado; se exponen las capas perceptivas que coexisten en ella. El beso de 1950 y los personajes futuristas conviven en el mismo plano, demostrando que la mirada no elige entre pasado y futuro, sino que los superpone en un presente expandido.
Tamaño:
Papel: 40 x 25 cm
Mancha: 25 x 14 cm
Técnica:
Acrílico sobre papel.
El beso en el Hotel de Ville
Esta obra parte de una de las fotografías más reproducidas del siglo XX, originalmente cuadrada y rescatada en 1986 por un editor para una campaña publicitaria que la popularizó en formato apaisado. Como ícono instalado en el subconsciente colectivo, la imagen funcionaba como un objeto visual aparentemente consolidado, fijo en la memoria cultural. Someterla al proceso de la Mirada Creadora reveló algo inesperado: la imagen no era tan estable como se suponía.
Al aplicar los principios de deconstrucción y reconstrucción perceptiva, parte de los elementos que componen la escena mutaron radicalmente. El automóvil y los personajes de la derecha, especialmente el hombre del extremo, se transformaron en figuras casi futuristas, con siluetas geométricas y volúmenes que sugieren una estética de ciencia ficción. Sin embargo, el sentido general de la obra —el beso como gesto central— permaneció intacto, reconocible, anclando la composición en su origen emocional.
Esta mutación selectiva demuestra que los íconos culturales no son monumentos estáticos, sino estructuras visuales vivas que contienen múltiples realidades latentes. Al desmontar la imagen, no se destruye su significado; se exponen las capas perceptivas que coexisten en ella. El beso de 1950 y los personajes futuristas conviven en el mismo plano, demostrando que la mirada no elige entre pasado y futuro, sino que los superpone en un presente expandido.
Tamaño:
Papel: 40 x 25 cm
Mancha: 25 x 14 cm
Técnica:
Acrílico sobre papel.
