Suma y sigue...
La obra parte de una cifra oficial: 33.125 desaparecidos registrados en México hace años, un número que ya supera los 100.000. Lejos de presentarse como estadística abstracta, esta cifra se materializa en un cráneo construido mediante una cuadrícula pixelada, traducción visual de cómo la violencia sistemática reduce vidas humanas a meros datos digitales. La frialdad del píxel se quiebra por los nombres reales de víctimas, extraídos de listas oficiales y escritos a mano con pluma fuente. Esta superposición enfrenta la deshumanización del registro burocrático con la materialidad táctil de la escritura, exponiendo que detrás de cada dígito existe un nombre, un cuerpo, una historia truncada.
Las salpicaduras de pigmento rojo y anaranjado irrumpen sobre la composición, rompiendo el orden geométrico. Estas manchas representan la violencia impune que se filtra por todos los estratos sociales, negándose a permanecer contenida en el ámbito de lo ajeno. La pieza confronta la normalización de la tragedia y la postura cómoda de asumir que el problema solo afecta a las familias directas. Enterrar la conciencia bajo tierra y creer que por no mirar no existe constituye una estrategia de supervivencia ilusoria.
Desde la perspectiva de la Mirada Creadora, observar esta pieza implica cruzar la barrera de la comodidad perceptiva. El espectador se ve obligado a descifrar la tensión entre el pixel que anonima y la tinta que personaliza. La realidad de los desaparecidos no se actualiza en las oficinas de registro ni en los titulares efímeros; se materializa cuando una mirada se detiene, reconoce el nombre escrito a mano y acepta que la violencia compartida no admite fronteras de clase ni de distancia emocional.
El cráneo pixelado no grita; susurra en código binario. Las manchas no decoran; sangran sobre el papel. Y los nombres, escritos uno a uno con la paciencia de quien sabe que la memoria es el único antídoto contra el olvido institucional, aguardan. No piden compasión. Exigen presencia. Porque mientras la suma continúe, la única mirada que importa es la que se niega a bajar los ojos, la que transforma el dato en duelo y el silencio en testimonio.
Tamaño:
50 x 70 cm
Técnica:
Técnica mixta sobre papel.
Suma y sigue...
La obra parte de una cifra oficial: 33.125 desaparecidos registrados en México hace años, un número que ya supera los 100.000. Lejos de presentarse como estadística abstracta, esta cifra se materializa en un cráneo construido mediante una cuadrícula pixelada, traducción visual de cómo la violencia sistemática reduce vidas humanas a meros datos digitales. La frialdad del píxel se quiebra por los nombres reales de víctimas, extraídos de listas oficiales y escritos a mano con pluma fuente. Esta superposición enfrenta la deshumanización del registro burocrático con la materialidad táctil de la escritura, exponiendo que detrás de cada dígito existe un nombre, un cuerpo, una historia truncada.
Las salpicaduras de pigmento rojo y anaranjado irrumpen sobre la composición, rompiendo el orden geométrico. Estas manchas representan la violencia impune que se filtra por todos los estratos sociales, negándose a permanecer contenida en el ámbito de lo ajeno. La pieza confronta la normalización de la tragedia y la postura cómoda de asumir que el problema solo afecta a las familias directas. Enterrar la conciencia bajo tierra y creer que por no mirar no existe constituye una estrategia de supervivencia ilusoria.
Desde la perspectiva de la Mirada Creadora, observar esta pieza implica cruzar la barrera de la comodidad perceptiva. El espectador se ve obligado a descifrar la tensión entre el pixel que anonima y la tinta que personaliza. La realidad de los desaparecidos no se actualiza en las oficinas de registro ni en los titulares efímeros; se materializa cuando una mirada se detiene, reconoce el nombre escrito a mano y acepta que la violencia compartida no admite fronteras de clase ni de distancia emocional.
El cráneo pixelado no grita; susurra en código binario. Las manchas no decoran; sangran sobre el papel. Y los nombres, escritos uno a uno con la paciencia de quien sabe que la memoria es el único antídoto contra el olvido institucional, aguardan. No piden compasión. Exigen presencia. Porque mientras la suma continúe, la única mirada que importa es la que se niega a bajar los ojos, la que transforma el dato en duelo y el silencio en testimonio.
Tamaño:
50 x 70 cm
Técnica:
Técnica mixta sobre papel.
