Oneiró

Oneiró

Oneiro

"Oneiró", que puede traducirse como "ensueño", habita en la frontera entre la deconstrucción de íconos y la búsqueda de lo invisible. Aunque su ADN visual remite a Diego Velázquez —a través del bufón el Primo y el mastín Salomón de Las Meninas— y a los jardines de Claude Monet en la franja inferior, la composición huye de la mera variación. La obra no reproduce un imaginario conocido; construye un estado anímico desde cero.

El nacimiento de esta pieza coincide con el estupor inicial de la pandemia de COVID-19. El mundo se vio arrojado a un guion distópico de confinamiento y miedo colectivo. La pintura traduce esa sensación de irrealidad y aislamiento forzoso. La figura de el Primo, convertida en un gigante solitario, se sienta sobre su propia luna. Desde esa distancia astronómica, observa impotente el paisaje vibrante y terrenal que yace debajo, un mundo hermoso que de pronto le ha sido negado.

La presencia del mastín Salomón en la tierra añade una capa de anhelo literario. La imagen evoca la Verdadera historia del perro Salomón, donde Ginés Luciente, criado de Quevedo, recurre a la magia para transformarse en el perro y así poder acompañar a su amada inalcanzable. En el lienzo, el perro y el bufón comparten esa misma distancia infranqueable, unidos por el deseo de cruzar el vacío.

Cuando la proximidad física se desvanece, la mirada se estira a través del abismo para sostener lo que las manos ya no pueden tocar. La luna deja de ser un cuerpo celeste para convertirse en una balsa de pura percepción flotando en la oscuridad. Observar desde tal distancia exige aceptar que, cuando la realidad se vuelve intocable, solo sobrevive en el espacio tenso y magnético que se tiende entre el ojo que contempla y el mundo que resiste ser alcanzado.


Tamaño:

93 x 120 cm


Técnica:

Óleo sobre lienzo.


Detalle Oneiro 871x1024.jpg

Esta obra pertenece a una colección privada en España.

Oneiró

Oneiro

"Oneiró", que puede traducirse como "ensueño", habita en la frontera entre la deconstrucción de íconos y la búsqueda de lo invisible. Aunque su ADN visual remite a Diego Velázquez —a través del bufón el Primo y el mastín Salomón de Las Meninas— y a los jardines de Claude Monet en la franja inferior, la composición huye de la mera variación. La obra no reproduce un imaginario conocido; construye un estado anímico desde cero.

El nacimiento de esta pieza coincide con el estupor inicial de la pandemia de COVID-19. El mundo se vio arrojado a un guion distópico de confinamiento y miedo colectivo. La pintura traduce esa sensación de irrealidad y aislamiento forzoso. La figura de el Primo, convertida en un gigante solitario, se sienta sobre su propia luna. Desde esa distancia astronómica, observa impotente el paisaje vibrante y terrenal que yace debajo, un mundo hermoso que de pronto le ha sido negado.

La presencia del mastín Salomón en la tierra añade una capa de anhelo literario. La imagen evoca la Verdadera historia del perro Salomón, donde Ginés Luciente, criado de Quevedo, recurre a la magia para transformarse en el perro y así poder acompañar a su amada inalcanzable. En el lienzo, el perro y el bufón comparten esa misma distancia infranqueable, unidos por el deseo de cruzar el vacío.

Cuando la proximidad física se desvanece, la mirada se estira a través del abismo para sostener lo que las manos ya no pueden tocar. La luna deja de ser un cuerpo celeste para convertirse en una balsa de pura percepción flotando en la oscuridad. Observar desde tal distancia exige aceptar que, cuando la realidad se vuelve intocable, solo sobrevive en el espacio tenso y magnético que se tiende entre el ojo que contempla y el mundo que resiste ser alcanzado.


Tamaño:

93 x 120 cm


Técnica:

Óleo sobre lienzo.


Detalle Oneiro 871x1024.jpg

Esta obra pertenece a una colección privada en España.