Comala
Esta obra construye una arquitectura de la fragilidad bajo el nombre de "Comala", evocando el pueblo fantasma de Juan Rulfo, un lugar de piedras calientes y murmullos. La composición presenta una estructura escalonada donde ladrillos y piedras de río se apilan en un equilibrio precario, sostenido no por la solidez de sus bases, sino por una red de cuerdas tensas que atraviesan la escena.
La luz, cálida y dramática, baña los objetos como si proviniera de un sol eterno e implacable. Los materiales —la piedra redonda, el ladrillo rectangular— representan los bloques con que la mente edifica sus certezas. Cada elemento parece elegido con cuidado, colocado con intención, apilado con la paciencia de quien construye una verdad. Sin embargo, la cuerda actúa como la red de tensiones visuales que materializa las justificaciones, las racionalizaciones y los dogmas con que la mente mantiene en pie un edificio de creencias que, sin esos amarres, colapsaría por su propio peso.
La mente trabaja sin descanso para que las piedras no caigan, para que los ladrillos no se desplacen, para que la ilusión de coherencia permanezca intacta. La falsa seguridad reside en creer que la cuerda es parte de la estructura, cuando en realidad es el reconocimiento tácito de que nada se sostiene por sí solo.
Comala no es un lugar geográfico aquí, es un estado mental. La obra erige un retrato de la conciencia humana atrapada en su propia arquitectura: convencida de su solidez mientras dedica toda su energía a evitar que se desplome. El espectador observa esta torre de certezas atadas y reconoce en ella su propia mente, sus propias cuerdas, sus propios nudos. La estabilidad no es un hecho, es un acto de fe repetido cada instante.
Tamaño:
81 x 70 cm
Técnica:
Óleo sobre lienzo.
Comala
Esta obra construye una arquitectura de la fragilidad bajo el nombre de "Comala", evocando el pueblo fantasma de Juan Rulfo, un lugar de piedras calientes y murmullos. La composición presenta una estructura escalonada donde ladrillos y piedras de río se apilan en un equilibrio precario, sostenido no por la solidez de sus bases, sino por una red de cuerdas tensas que atraviesan la escena.
La luz, cálida y dramática, baña los objetos como si proviniera de un sol eterno e implacable. Los materiales —la piedra redonda, el ladrillo rectangular— representan los bloques con que la mente edifica sus certezas. Cada elemento parece elegido con cuidado, colocado con intención, apilado con la paciencia de quien construye una verdad. Sin embargo, la cuerda actúa como la red de tensiones visuales que materializa las justificaciones, las racionalizaciones y los dogmas con que la mente mantiene en pie un edificio de creencias que, sin esos amarres, colapsaría por su propio peso.
La mente trabaja sin descanso para que las piedras no caigan, para que los ladrillos no se desplacen, para que la ilusión de coherencia permanezca intacta. La falsa seguridad reside en creer que la cuerda es parte de la estructura, cuando en realidad es el reconocimiento tácito de que nada se sostiene por sí solo.
Comala no es un lugar geográfico aquí, es un estado mental. La obra erige un retrato de la conciencia humana atrapada en su propia arquitectura: convencida de su solidez mientras dedica toda su energía a evitar que se desplome. El espectador observa esta torre de certezas atadas y reconoce en ella su propia mente, sus propias cuerdas, sus propios nudos. La estabilidad no es un hecho, es un acto de fe repetido cada instante.
Tamaño:
81 x 70 cm
Técnica:
Óleo sobre lienzo.
