Carnaval
La obra construye un espacio de suspensión donde las figuras flotan en un azul infinito, liberadas de la gravedad y de la lógica corporal convencional. Las formas evocan la tradición lúdica de Joan Miró —sus personajes oníricos que bailan entre lo abstracto y lo figurado— mientras recuperan la esencia escultórica del Parc de l'Escorxador en Barcelona, donde las formas se desmaterializan en volúmenes que parecen danzar en el espacio.
Los cuerpos se fragmentan en segmentos cromáticos: cabezas cónicas, torsos geométricos, extremidades que se disuelven en colores puros. Algunas figuras mantienen una apariencia clásica, esculpidas en tonos crema que evocan estatuaria antigua; otras explotan en rojo, azul, verde y amarillo, vestidas con el traje multicolor del carnaval. Esta coexistencia entre lo permanente y lo efímero, entre la piedra y la fiesta, establece una tensión donde la identidad se vuelve maleable.
El carnaval no es aquí una celebración temporal, sino un estado perceptivo. Las figuras no se disfrazan; se reconstruyen. Cada cuerpo es un collage de posibilidades que desafía la unidad del yo. El azul del fondo no es cielo ni mar; es el vacío necesario donde lo imposible puede tomar forma sin colisionar con lo real.
La obra no representa una fiesta; ejecuta su principio fundamental: la suspensión de las reglas. El espectador observa estas figuras flotando en su coreografía imposible y descubre que el carnaval no necesita fecha en el calendario. Basta con que la percepción acepte que los cuerpos pueden danzar sin suelo, que las identidades pueden fragmentarse sin perderse, que la realidad —como todo buen disfraz— puede mudarse cada vez que alguien se atreve a mirar más allá de la máscara.
Tamaño:
91 x 93 cm
Técnica:
Óleo sobre lienzo.
Carnaval
La obra construye un espacio de suspensión donde las figuras flotan en un azul infinito, liberadas de la gravedad y de la lógica corporal convencional. Las formas evocan la tradición lúdica de Joan Miró —sus personajes oníricos que bailan entre lo abstracto y lo figurado— mientras recuperan la esencia escultórica del Parc de l'Escorxador en Barcelona, donde las formas se desmaterializan en volúmenes que parecen danzar en el espacio.
Los cuerpos se fragmentan en segmentos cromáticos: cabezas cónicas, torsos geométricos, extremidades que se disuelven en colores puros. Algunas figuras mantienen una apariencia clásica, esculpidas en tonos crema que evocan estatuaria antigua; otras explotan en rojo, azul, verde y amarillo, vestidas con el traje multicolor del carnaval. Esta coexistencia entre lo permanente y lo efímero, entre la piedra y la fiesta, establece una tensión donde la identidad se vuelve maleable.
El carnaval no es aquí una celebración temporal, sino un estado perceptivo. Las figuras no se disfrazan; se reconstruyen. Cada cuerpo es un collage de posibilidades que desafía la unidad del yo. El azul del fondo no es cielo ni mar; es el vacío necesario donde lo imposible puede tomar forma sin colisionar con lo real.
La obra no representa una fiesta; ejecuta su principio fundamental: la suspensión de las reglas. El espectador observa estas figuras flotando en su coreografía imposible y descubre que el carnaval no necesita fecha en el calendario. Basta con que la percepción acepte que los cuerpos pueden danzar sin suelo, que las identidades pueden fragmentarse sin perderse, que la realidad —como todo buen disfraz— puede mudarse cada vez que alguien se atreve a mirar más allá de la máscara.
Tamaño:
91 x 93 cm
Técnica:
Óleo sobre lienzo.
